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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Cuento de Navidad

Año 2010, 5 de Diciembre, Alemania

La mañana se despertaba tranquila, tras sortear una inesperada huelga de controladores que pasó desapercibida a ojos de nuestros protagonistas, allí estaban ellos, sonrientes, emocionados, encantados, animados, felices en definitiva de poder compartir esos días con dos grandes personas que habían abandonado su país movidos por la esperanza de una vida mejor y unidos por un gran amor.

El día anterior se vislumbraba en sus mentes como un sueño, un bonito sueño en la capital de la Navidad, Estrasburgo. En su mente todavía tenían el recuerdo del mercado con sus miles de adornos y dulces, sus edificios vestidos de rojo y verde, la catedral majestuosa gobernando la ciudad al amparo del río, las esculturas de hielo, las lámparas de luces, el trasiego de gente local y visitante y, por supuesto, los villancicos en la plaza.

Nunca habían sentido la Navidad de esa manera, estaban embriagados de espíritu y eso se notaba en sus caras, volvían a ser niños de 7 años mirando ilusionados hacia el nuevo día.

De camino a la ciudad de destino, miraban por la ventanilla del coche pensando en qué les depararía al llegar allí. Como se esperaba de esas fechas, el paisaje era blanco y el cielo estaba cerrado, se esperaban más nevadas según todas las previsiones, y eso hacía el día mucho más bonito si cabe, ver nevar era algo que hacía mucho que no veían. Al llegar a Heppenheim, todo estaba muy tranquilo, era una apacible mañana de domingo en la ciudad, todos sus habitantes disfrutaban del día en familia y las calles descansaban del ajetreo diario. Luces, abetos, elfos y mercados cerrados adornaban la estampa del momento.

El pequeño Jepenjín
Decidieron perderse entre las casas caminando por sus calles empedradas al pie de la montaña, disfrutaron de una guerra de nieve y allí, en lo más recóndito de la ciudad, construyeron el icono que marcaría su viaje y se convertiría en el nuevo compañero del advenimiento de estas fechas. Nada más y nada menos que el magnífico Jepenjín. Y no podía ser mejor, como recién nacido era pequeño, sencillo, con los brazos de palo abiertos a la Navidad y un pelo coronando su cabeza. Provocó en sus creadores risas, jolgorio y fotos retratando el momento. Dado que no podían llevárselo con ellos, al menos conservarían el momento no solo en su memoria y allí se quedó él, no sin despedirse de sus progenitores.

El viaje continuó con multitud de paisajes, recuerdos, conversaciones, comidas, anécdotas y diversión. La última noche el cielo decidió brindarles una última nevada, nevó con ímpetu, como si se estuviera despidiendo de ellos, y disfrutaron de ella mirando al cielo, paseando y como cualquier chiquillo abriendo la boca para deleitarse con los copos, todo era mágico. Una gran despedida, triste pero bonita.

Nuestro crecido Jepenjín
Al año siguiente, y en las mismas fechas, en el buzón de su casa allí estaba él otra vez, Jepenjín les traía las buenas nuevas de sus amigos, provocó una gran sonrisa en ellos al verle y un precioso recuerdo, pero sobre todo el saber que tras un año más, no solo él estaba ahí, sino que los más importantes, sus emisores también.

Y este año no iba a ser menos, aunque miles de kilómetros nos siguen separando, Jepenjín ha vuelto. Ya se nos ha hecho mayor, ha cambiado de ciudad, abandonado su único pelo y engordado un poco, los años pasan para todos, pero ahí está él y ha venido con el mensaje de paz y amor al mundo y para desearle felicidad infinita a la nueva reina de la casa en su primera Navidad entre nosotros.

FIN

Gracias A+R, siempre estáis ahí, Fröhliche Weihnachten!